Antes del contenedor, la carga internacional era un proceso intensivo en mano de obra: cada artículo se cargaba y descargaba manualmente en sacos, barriles y cajas de madera. McLean resolvió el problema al estandarizar el tamaño de la caja y hacerla transferible entre camión, ferrocarril y buque sin romper la unidad de carga —el transporte intermodal. Su innovación eliminó semanas de tiempo de carga y descarga y redujo los costos de manipulación portuaria de manera radical.
La escala de la transformación es visible en las cifras actuales: los buques portacontenedores más grandes del mundo transportan más de 20,000 unidades equivalentes a veinte pies (TEU), frente a los 58 contenedores del primer viaje. Una flota como la de Maersk, alineada en fila, alcanzaría medio circunferencia terrestre; apilada, equivaldría a miles de torres Eiffel. McLean cedió la patente de su invención al sector de manera gratuita para facilitar la estandarización global.